Si con solo tres libros (¡y qué libros!) un lector pudo crear una puerta de esa fuerza de vértigo, calculen ustedes lo que puede generar una pequeña biblioteca personal que contenga treinta, trescientos o tres mil ejemplares.

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Mi buen amigo Roger Vilain, fanático lector en sus años juveniles de Lobsang Rampa, Erich von Däniken y de El Retorno de los brujos, me dijo alguna vez que el universo es como un largo pasillo de hotel, con infinitas puertas hacia ambos lados de los muros donde cada una de ellas da acceso a realidades distintas. Afirmaba Roger, con la seriedad de un experto, que todos estamos confinados a una sola de esas habitaciones, pero hay personas que consiguen acceder al largo pasillo y entrever otras moradas. “Solo un escritor de literatura fantástica, lo más parecido a un gerente de ese enigmático hotel, es quien tiene la mayor cantidad de llaves”, dijo con inusual solemnidad de animador de programa de temas esotéricos.

Recuerdo que aquella conversación la tuvimos en Mérida, en los lejanos años iniciales de la década de los años noventa, cuando aún en la ciudad se oían los macabros relatos de una secta de jóvenes que vestían de negro y que, según decían, secuestraban niños y gatos para sus diabólicos ritos. Los llamados “comegatos” eran el terror cotidiano en aquella bucólica ciudad, acostumbrada a dormir con los arrullos de las quebradas, en almohadas de musgo y sábanas de neblina.

Al despedirnos, Roger me aconsejó leer a varios autores para entender mejor la idea de lo fantástico y de cómo este no es un lugar ajeno ni inalcanzable, sino que podemos toparnos con él en cualquier cruce de esquina, en el objeto menos inesperado, entrelazándose permanentemente con la realidad, haciéndose una infinita trenza de melcocha. Recuerdo con mucha nitidez el énfasis que tuvo al indicarme el orden exacto de las lecturas y de cómo debía ubicar los libros en los anaqueles: “Nunca se te ocurra juntar Cortázar, Mi cocina de Scannone, Todorov, Blavatsky, Ednodio Quintero, William Blake y El libro de San Cono, y mucho menos en ese orden. Nunca en un mismo anaquel ni en ese orden”. Esto último lo repitió tres veces.

En ese momento pensé que lo que Roger me advertía era un chiste al que no lograba encontrarle la gracia.

Pero como la curiosidad, decía Aristóteles, es condición natural del ser humano, no tardé en hacerme de esos libros y juntarlos en un anaquel para ver qué ocurría. Mejor que nunca lo hubiese hecho.

Ya en mi habitación, puse manos a la obra. Había puesto en el estante los cuatro primeros libros y nada ocurría. Afuera, la noche seguía barriendo las calles con su lluvia, y un perro de un taller mecánico cercano anunciaba de vez en vez su presencia. A estas alturas no me quedaba más que sonreír por las locuras de Roger y más aún por mi facilidad para creer todo cuanto oía de mis amigos. Sin embargo, dejé congelada la sonrisa cuando acerqué a la hilera que estaba formando un libro de Ednodio Quintero (La bailarina de Kachgar; perdón, no tenía otro a mano), y de pronto un leve brillo iluminó mi habitación de pensión estudiantil.

Ya no era sonrisa sino asombro lo que se dibujaba en mi cara. Con los libros de William Blake y de San Cono en la mano, sentía cómo los otros libros vibraban cuando intentaba completar la combinación, cual si fuese un truco de magnetismo. Por si fuera poco semejante maravilla, cada vez que hacía este gesto de acercar los libros faltantes, se dibujaba sobre la pared el contorno luminoso de una puerta. Al alejarlos, se desvanecía.

Confieso que en ese momento más pudo la sobrevivencia que la curiosidad, y Aristóteles, con sus frases rimbombantes, podía irse directo a la porra. Imaginé que cuando completara la combinación de libros de pronto la puerta que se estaba dibujando se abriría y de ahí saldría una legión de comegatos para destrozarlo todo. Desordené los libros, puse cada ejemplar bastante alejado uno del otro y me eché a dormir pensando en olvidar la experiencia.

Es esta la razón por la cual, cuando observo una biblioteca, lo primero que se me viene a la mente es intentar desentrañar el enmarañado azar que dio a cada libro el lugar que ocupa en los anaqueles. Si veo El Principito al lado de La vida nueva de Pamuk, seguido de algún poemario de García Lorca, una risueña sensación me indica que nada malo podría pasar y que los dueños de esos libros ningún peligro corren. Si encuentro La pasión disimulada de Carmen Rodríguez junto a María Calcaño y al Werther de Goethe, de seguro el pronóstico de un cálido y amoroso día espera a sus lectores. A veces sucede que no todas las combinaciones son halagüeñas. En cierta ocasión, Arturo Uslar Pietri experimentó una fantástica y tormentosa experiencia de combinación bibliográfica que tuvo el valor de describir en su libro de 1951 titulado Las Nubes.

Comienza Uslar Pietri su testimonio: “Un poco por azar, un poco por capricho, tres libros han venido a quedar juntos en el pequeño estante que tengo junto a mi mesa de trabajo”. Esos tres libros que menciona son, nada más y nada menos, La riqueza de las naciones, de Adam Smith; Sobre la guerra, de Karl von Clausewitz y El capital, de Karl Marx. Imaginen la atómica puerta de luz hacia otras dimensiones que la conjunción de estos ejemplares creó en el estudio de Uslar Pietri. Nada comparado con mi pequeño atisbo luminoso en una pequeña habitación merideña.

El asombrado Uslar Pietri, luego de narrarnos el torbellino de imágenes, ideas y recuerdos que generó su combinación de libros, remata con unas frases titubeantes: “Casi puede pensar uno que sin esos tres libros la historia hubiera sido distinta (…). Que no son otros que esos libros que miro ahora en mi estante con una desazonada sensación de vértigo”. Imagino al escritor despeinado, en medio de una montaña de papeles desordenados y buscando explicación a lo sucedido.

Si con solo tres libros (¡y qué libros!) un lector pudo crear una puerta de esa fuerza de vértigo, calculen ustedes lo que puede generar una pequeña biblioteca personal que contenga treinta, trescientos o tres mil ejemplares. La combinación y la permutación hacen infinitas las posibilidades para abrir pasadizos hacia otras dimensiones. Pero no crea que para acceder a esas otras realidades basta con encontrar la combinación adecuada de libros; estos además deben haber sido leídos por quienes intenten ordenar los ejemplares.

Todo esto me hace sospechar de la clasificación decimal Dewey, la que se emplea en las bibliotecas para dar orden a los ejemplares, pues quizás no fue creada solo para hacer más fácil la búsqueda, sino que además impide que el azar dé con el orden secreto de los libros para abrir la última puerta que nos muestre la realidad en sus múltiples y verdaderas formas.

A los días volví a ver a Roger; esta vez en el cafetín cercano a la plaza Bolívar. Nos saludamos como de costumbre y esperé a que estuviese solo para preguntarle qué había visto él detrás de aquella enigmática puerta de luz…

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- Un arte silencioso. “Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica”. Jorge Luis Borges.

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