Como Hans Landa, los tiranos pueden ofrecer un vaso de leche al tiempo que preparan la puñalada. Ese es el cinismo de la relación tirano-tiranizado.

Hay una escena en un filme de Quentin Tarantino donde Hans Landa, un jefe de seguridad nazi, se sienta en un restaurante, pide un strudel e insiste en que le traigan una crema para el postre. Embelesado él mismo en su manejo del francés, el coronel y villano degustaba su crema mientras interrogaba a la invitada, es decir, a la sospechosa Emmanuel, una víctima de armas tomar. Una vez terminado el tiempo de una conversación muy bajo su control, Landa apagó su cigarrillo dentro de la crema que se desparramaba de una con las cenizas.

La escena entre el villano Hans Landa y Emmanuelle (Shosanna) pertenece al filme Bastardos sin Gloria. La imagen del postre es ciertamente una metáfora de la violencia, y en esta oportunidad la tomo prestada para comentar sobre los cándidos inicios de las tiranías.

Las tiranías son disparadas por el desespero ante problemas urgentes o percibidos como tales. De acuerdo al autor Timothy Snyder, un académico estadounidense quien ha vivido un buen tiempo en Europa Oriental, las tiranías requieren de obediencias automáticas antes de instalarse. “Dos o tres años iniciales”, según el autor, son suficientes para crear daños al sistema político. Revertir sus consecuencias se hace cuesta arriba puesto que, una vez entrado en el túnel, el ciudadano insiste en que ese es el camino para resolver sus urgencias.

Como Hans Landa, los tiranos pueden ofrecer un vaso de leche al tiempo que preparan la puñalada. Ese es el cinismo de la relación tirano-tiranizado. A diferencia de una mente informada y crítica como la de Emmanuelle, muy al contrario, quien sigue al tirano entra en una relación de confiar y justificar al hombre poderoso que le ofrece un vaso de leche porque “seguro debe estar preocupado por su bienestar”.

Hay quienes son cautelosos ante los miedos colectivos y ansiedades por considerarlos manipulaciones. Snyder argumenta que la inestabilidad y la incertidumbre ante el futuro son factores que empujan a la gente a apostar y entregar su voluntad a esos líderes que le ofrecen todo a cambio de entregarse apasionadamente. La pasión del siglo 20 es la política, decía Denis de Rougemont. El resultado es harto conocido: los tiranos no resuelven esos problemas que se le confían, sino más bien los empeoran.
En la Venezuela de hoy aún se vive las consecuencias de esa debacle. Ni la corrupción ni la indigencia infantil fueron resueltas, sino que se profundizaron para crear más injusticia y muerte. Lo que sí se mantuvo fue esa obediencia instalada referida anteriormente. Un ejemplo de esa rendición fue la respuesta de mucha gente cuando la directiva de la Asamblea Nacional desalojó las imágenes del chavismo del Capitolio. Muchos consideraron la acción un atrevimiento, un exabrupto, una imprudencia. No sirvió en ese momento recordar lo que reza la Constitución sobre los símbolos, y la idea que imperó fue el de la derrota. Muy por el contrario, pienso que esa fue una medida de orden para marcar el camino de vuelta a la Carta Magna.

Los políticos en general olfatean las calles de las ciudades y pueblos y descubren cuáles son las quejas que se hornean o que se pueden poner en la candela. De allí construyen sus estandartes de campaña. Banderas como la injusticia social, la corrupción, la pobreza, el cambio climático, la inseguridad, son todas muy válidas e imbatibles. Sin embargo, puede algún líder convertir tales problemas en monstruos inmanejables, y entonces la cosa se vuelve sospechosa. Se crea un desespero de tal magnitud, que se comete la tamaña ingenuidad de entregarle el poder político a alguien por pura fe, sin el debido control de poderes, y ese es el caos de donde beben las tiranías.

Ninguna nación está a salvo de caer en semejante descalabro. Al juntarse el desespero y la irracionalidad para explicar los males, los remedios se vuelven graves y violentos. Nuestros remotos antepasados ofrecían sacrificios humanos ante los dioses como una vía para resolver el hambre y la enfermedad. Los sacrificios han cambiado de forma, pero el objetivo es el mismo. Culpar a los inmigrantes, a los más desposeídos de las sociedades no es nada raro, ellos han sido los chivos expiatorios habituales. El repertorio es largo y se repite ad infinitum. Los problemas ambientales también eran causa de angustia en las sociedades agrícolas donde se dependía mucho de condiciones ideales para poder subsistir. También hay explicaciones memorables, algo más modernas si se quiere. En la obra Edipo Rey, de Sófocles, el coro advierte que la ruina de las cosechas es causada por la inmoralidad en el seno del poder.

No es fácil aceptar que las decisiones de Estado más seguras son aquellas originadas en el debate y que sus beneficios podrían ser lentos o son poco visibles. Pocos sabían que el Congreso Nacional de la era de Caldera había producido una ley de bienestar social que, de haber habido continuidad, hubiese encauzado el país a una mayor justicia social. Cuando Venezuela ya lograba algunas metas, decidió devolverse a la isla de la fantasía.

Donde el tirano espera para ofrecer el vaso de leche. ¡Es que nos cuidan tanto!

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